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Los videojuegos pueden cambiar vidas

¿Qué pasa cuando naciste en los 80 y tus viejos medio que nada que ver con los videojuegos?

Jimena Veronica

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Esta no es una reseña, es una historia de vida.

Mi primera experiencia con los videojuegos arrancó cuando el Family Game llegó a mi casa. En ese entonces tenía 4 años, lo había recibido mi abuelo por canje de un cliente suyo y mi fascinación fue instantánea ¿Cómo hacía ese señor de bigote y overol rojo para saltar en los bloques y sacar hongos que lo hacían crecer? ¡Qué locura!

Para mis viejos, en cambio, era un poco más jodido. Es verdad que mi mamá se jugaba algún que otro Contra en Sega (y la verdad que era muy buena, lo ganaba sólo con dos vidas) y mi papá se había comprado para la compu algunos Larry y Monkey Island después de pasados algunos años, pero tenían la costumbre de dejarme jugar unas pocas horas los fines de semana, entonces mi relación con los juegos era como un amor de verano, sabía que duraba poco tiempo y, mientras pudiera, los aprovechaba como si fuera el último día de mi vida.

La buena noticia es que mi familia siempre fue lúdica y por eso todas estas cuestiones se consideraban un simple pasatiempo, como cuando garabateás algún dibujo en un papel o te colgás mirando lo que pasan en la tele aunque no te interesa un pepino. Eventualmente se enganchaban con algún que otro juego, o se olvidaban que yo estaba jugando (el gran truco de que tu hija escandalosa se quede callada) y quizá esas dos horas por fin de semana a veces podían ser tres o cuatro. 

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Mis viejos, de todas formas, se coparon bastante con nosotros. Después de mucho rogar y portarnos bien (o pelear en secreto para que no nos reten), nos habían comprado la PlayStation 1, y a veces jugaban alguna cosa con nosotros. Mi papá se había enganchado con los Medal of Honor, mi mamá seguía jugando al Age of Empires en la vieja PC. Sin embargo, la regla seguía siendo que los videojuegos podían ser nocivos para la salud y por eso había muchas restricciones.

A veces, si se cruzaban algunos límites, mi mamá se llevaba el trafo de la Play en la cartera al trabajo (al principio la escondían, pero siempre la encontrábamos). También los videojuegos de terror estaban prohibidos. Obviamente que hecha la ley hecha la trampa, nosotros encontrábamos siempre la forma de esquivarlos, jugarlos a escondidas o juntar plata para comprar nuestro trafo secreto… pero eso es otra historia. 

Lo cierto es que nuestra familia no era la peor pero tampoco era la mejor de todas. Mi hermana era muy chiquita para cazar un centro (tenía 12), mi hermano tenía 16 y estaba atravesando un momento deportivo muy intenso que no le dejaba tiempo para nada, y yo tenía 23 y vivía los adalides del trabajo en contrapartida a mi rebeldía contra mi papá, que en esa época lo odiaba.

Mis viejos discutían todos los días. En el medio de todo este caos, a mi mamá le diagnostican cáncer de colon. Para muchas personas escuchar cáncer representa el más absoluto de los terrores, para mí, a mis actuales 34 años, lo es. Pero a los 23 me parecía una fantasía y no creía que mi vieja, con la potencia que tenía y a los 47 años, le fuera a pasar nada malo. La vida, por supuesto, se encargó de demostrarme lo contrario y en menos de un año los desayunos, los retos, los juegos, las comidas, los abrazos… todo lo que significaba mi madre se había deshecho en un fin de semana. No quiero ponerme sentimental ni hacerte sentir tristeza en este artículo. Quiero contarte cómo los videojuegos cambiaron nuestra historia para bien, y que lo que le pasó a mi mamá fue el principio de esa aventura familiar. 

Básicamente no sucedió ningún misterio: nos pasó lo que le puede pasar a cualquier familia en duelo. El llanto, la infelicidad, las peleas… pero también nos pasó el Left 4 Dead 2.

Supimos tener tres computadoras en casa, y por eso armamos un grupo de amigxs con quienes matábamos zombies habitualmente. El equipo solía estar compuesto por alguno de mis hermanos, algún amigo invitado a casa, algún otro amigo online y yo. Pero un día nos faltaba gente, y aunque podíamos jugar de a menos queríamos pasar los logros en dificultad Realista y para eso jugar con el bot era terrible. Entonces se nos ocurrió invitarlo a mi viejo.

Al principio pensamos que no había sido una buena idea, porque era de madera. Se cruzaba todo el tiempo, se perdía, los zombies lo agarraban… pero igual seguimos insistiendo. Le enseñamos. Un día llegué a casa y mi papá estaba practicando en el single player, a veces miraba videos de otra gente jugando. Después de unos meses se había convertido en un jugador fundamental, de esos que saben ponerse a la retaguardia y cubrirte la espalda, hasta hemos armado torneos (los equipos tenían sus propios escudos, así de manija fuimos). 

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Entonces un día un amigo me dice: “Qué genio tu papá, encontró la forma de conectar con ustedes en el duelo por los videojuegos”. Claro. Yo nunca lo había entendido. Obviamente que mi papá encontró una gran pasión que sigue hasta el día de hoy, hasta podría decir que es el terror de las ofertas de Steam. Pero cuando tuve que reconstruir esa relación, estaba muy desorientada… el también lo estaba. Sin darnos cuenta hicimos de un juego de matar zombies un espacio para charlar, tener códigos, discutir estrategias en la mesa, compartir tiempo juntos, hasta mi hermana se había sumado. Éramos el equipo de cuatro, imparables. Y lo cierto es que no sé cómo sería mi relación con él ahora en ausencia de tantas tardes de zombies, chistes y cenas hablando de las partidas. 

¿Los videojuegos pueden cambiar la vida?  Sin duda, sólo hay que darles la chance.

Astróloga, Gamer, Community Manager, Redactora, estudiante de guión, organizadora de eventos de juegos de rol y mesa en Capital y Gran Buenos Aires. Obsesiva, llorona, profusa detractora de las ciudades. Con claros problemas para mantener la atención en una sola cosa por mucho tiempo. Soy la Comandante Shepard y esta es mi página favorita de la Ciudadela.

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