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domingo, abril 11, 2021

El gamer radicalizado: los orígenes del odio

Racismo, machismo, gatekeeping y odio; el caldo de cultivo.

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Leo Di Grezia
Leo Di Grezia

Redactor

Redactor, todo en formación hasta el fin. Padre. Tengo muchos hobbies. No se mucho de nada, pero se de todo.

El germen del odio

Entre 1996 y 1999, Eric Harris escribe en su diario:

“SELECCIÓN NATURAL. MATAR A LOS RETARDADOS, GENTE CON EL CEREBRO HECHO PAPILLA. DIOS. GASTAMOS MILLONES DE DOLARES EN SALVAR LAS VIDAS DE RETARDADOS. Y PARA QUE? NO ME CONVENCE ESA MIERDA DE “Es mi hijo”. Y QUE? MATALO. SACALO DE SU MISERIA. QUE DEJE DE SER UN GASTO DE DINERO Y TIEMPO.”.

Más adelante dice:

“Los NEGROS son diferentes. Deberíamos subir sus culos a un bote y mandarlos de vuelta a Afrifuckingca de donde vinieron. Te trajimos y te vamos a devolver. América = Blanca.”.

No se olvida de las mujeres:

“A través del tiempo, las mujeres han sido tratadas como iguales a los hombres. En la Alemania nazi, las mujeres estaban contentas con quedarse en sus casas limpiando y cocinando todo el día. Mujeres ¡Siempre serán inferiores a los hombres! Se ha visto a lo largo de la naturaleza. Los hombres son siempre los que hacen las mierdas peligrosas mientras las mujeres se quedan detrás. Es su instinto animal.”.

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Finalmente redacta:

“Amo a los nazis. No tengo suficiente de svastikas, las SS, y las cruces de hierro. Hitler y sus cabecillas la cagaron y les costó la guerra pero amo sus creencias, quienes eran, que hicieron y que querían”.

Meses y años después de la masacre de Columbine, mucho se escribiría en notas, análisis, raccontos, papers y tesis, sobre los razones de Eric Harris y Dylan Klebold, coautor de la masacre. Muchas teorías se edificaron, las más fuertes hablan de psicopatía y depresión. Son pocos los que enarbolan la idea de que ambos adolescentes fueron terroristas domésticos. Las razones para tal debate se encuentran en el germen de racismo que evita ver al hombre blanco como una amenaza, aunque haya una rica historia de miles de años que indique lo contrario. Eric y Dylan fueron dos adolescentes blancos. No eran víctimas de bullying. No eran de una minoría oprimida.

El estereotipo original

Harris y Klebold eran gamers. Nerds adolescentes blancos fans de Doom y de otros shooters de la era. En los 80s y 90s hablar de gamers era hablar de jóvenes como ellos. Siempre hubo jugadores de otras etnias, religiones y géneros. Pero internacionalmente  el mercado no apuntaba en principio a otros sectores de la población.

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La percepción del gamer/nerd como adolescente blanco viene de más de 40 años de cultura popular (cine, novelas, historietas) generando ese patrón. De vuelta, ha habido exponentes distintos con Urkel, Carlton Banks, Lisa Simpson, Matilda, y más. Personajes fuera del patrón establecido que tenían un comportamiento nerdy, geeky o ambos. Que aman leer, ver películas raras, jugar videojuegos y discutir situaciones ficticias de personas que no existen.

En los últimos diez años han aparecido muchos más. Se me ocurren Abed, Abby Sciuto, Raj, Felicity, Miguel Diaz. Con lentitud, el panorama cambia y acepta que no importa nuestro origen regional, color de piel, religión, género u orientación sexual para determinar que hobbies tenemos. Como dijimos en una nota anterior, hay mucho de marketing. Pero para variar, basado en la realidad.

Entre los 80s y los 90s, el estereotipo de nerd era varón, adolescente, caucásico, heterosexual, cisgénero. El perfil de Eric Harris y Dylan Klebold y muchos otros. Mi perfil también por supuesto. Yo soy un nerd blanco hombre heterocis que creció en los 90s.

El tema es que radicalizarse no contiene en sí mismo un horizonte ideológico. Es un empujón. 

En mi adolescencia me hice primero anarquista, luego marxista. Para muchas personas mis motivaciones y deseos son “radicales”.

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El Estocolmo de pertenecer

Me dice mi amigo Juan:

“Yo fui a un colegio técnico. De Informática. En el recreo había grupitos. Los nerds eran todos chicos distintos a mí, que soy boliviano. Distintos a la vista. No me discriminaban abiertamente porque no tenía espacio siquiera para incluirme. Jugaba a lo mismo. Tenía un mazo rojo de Magic súper bien armado que no podía testear porque no me dejaban entrar.

No es algo que me suceda hoy. Internet resolvió algunas cuestiones. No del todo. En Internet te podes esconder. Puedo jugar a Magic online con un avatar cualquiera. En el último año de secundaria me tocó hacer contraturno con varios de ese grupo y caí bien y empezamos a jugar. Pero se tomaban mil veces peor que les ganara. Si jugaban entre ellos hasta se tiraban consejos. Si ganaba yo me trataban de bolita de mierda y que había hecho trampa. Incluso me llegaron a acusar de haber robado algunas cartas.”.

La anécdota no es muy distinta a otras relatadas por redactorxs de Press-Over en sus notas sobre machismo y discriminación. Es problemática la reacción del hombre blanco ante la derrota con personas que no son otros hombres blancos. Sin embargo, no se sugiere que tal dinámica implica una radicalización hacia la derecha. Porque el debate está planteado de forma inversa.

No es porque tantos nerds / gamers son de derecha.

Es porque tantos protofascistas también terminan siendo nerds / gamers. 

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La respuesta no es clara y por supuesto, no es una sola. Son varias haciendo su recorrido.

En principio, la representación es importante. Durante décadas la misma cultura popular que instituyó al prototipo de nerd como un joven adolescente blanco (y ocasionalmente delgado si era el protagonista), también descuidó u ocultó activamente otra realidad que no fuera esa. Los nerds de otra etnia o género eran percibidos de manera negativa. Molestos, intensos, incluso con una imagen contraria a la idea de “belleza hegemónica”. Porque lo feo, históricamente, también ha sido representado como lo malo. Lo femenino, en parte, también. 

Escribe Daiana:

“Siempre fui medio otaku, y soy fanática de los juegos de pelea. En especial me encantaba King Of Fighters. El KOF97 llegó en el 2000 o algo así a un local de arcades cerca de casa. Iba todos los días después de la escuela. Y después me lo compré para la Play que teníamos con mi hermano mayor. Cuando venían a casa, era uno de los juegos que jugaban. Aparte de no dejarme jugar generalmente, cuando lo hacían me trataban como si no supiera jugar, cosa que los enojaba zarpado porque, no solo sabía, sino que les ganaba.

También teníamos el Street Fighter Alpha 3 y era la misma historia. Y cuando no se enojaban pensaban que podían tirarme los galgos porque “era una piba distinta a las otras pibas”. Yo solo quería jugar videojuegos. Crecí pensando eso. Que no era como las otras pibas. Los hombres me bardeaban pero prefería estar entre ellos porque era una forma de pertenecer.”.

Es frecuente esta suerte de síndrome de Estocolmo que narra Daiana. Juan, sin ir más lejos, no se veía representado por el grupo de nerds jugadores de Magic de su colegio, pero quería participar igual. La causa de esto es la necesidad de pertenencia que tenemos en nuestra etapa de formación. Los adolescentes necesitan sentirse contenidos por pares. Es común incluso adoptar hobbies para formar parte de algo. Es el escalón de un proceso que encuentra a los adolescentes vulnerables y permeables a recibir y aceptar discursos inflamatorios que coinciden con lo que presencian en sus vidas diarias, sus mandatos familiares y sus productos culturales de interés.

Desde ya que ese proceso no se detiene mágicamente una vez que se llega a la adultez. Y su Síndrome de Estocolmo tampoco. Solo así podemos explicar las elecciones ideológicas que algunos oprimidos toman. No es esto un reclamo o una crítica. Es, por el contrario, una evidencia.

Adolescencia y discurso

Como personas-unidades pensamos primero en nuestro bienestar personal en oposición a un bienestar colectivo. El primero es instintivo. No natural, en tanto no hay nada natural en el comportamiento humano que es moldeado por el sistema económico. Pensamos en como estar “mejor”. Por supuesto, esa mejoría puede provenir de equivocarse en el amplio panorama. Sin embargo, como adolescentes, no tenemos las herramientas para identificarlo.

Así, por pertenecer a un grupo específico, Pirulito desayuna gasoil con criollitas. Habrá ganado puntos con sus amistades mientras se genera un orificio en el duodeno. Se requiere una personalidad robótica e irreal para superar esta función espuria de nuestra personalidad en construcción. Y dado que, según las circunstancias, es muy difícil abstraerse de situaciones así, se termina legitimando a los grupos que lenta pero mecánicamente conforman un corpus ideológico dañino. 

De alguna manera, el retrato que pinta American History X es medianamente acertado. Personalmente lo presencié cuando un profesor de escuela muy carismático me invitó a tomar un café (hoy lo vería con otros ojos, pero en esa época era distinto) para decirme sin muchos tapujos que abandonara la militancia estudiantil y que me uniera a lo que él estaba armando que era el futuro, había salida laboral y muchos otros cantos de sirena.

Se necesitan jóvenes vulnerables, un espacio suburbano con escasa representación más allá del adolescente blanco donde se pueda atizar la idea de “invasión”, alguien convencido de sus ideas y alguien que se beneficie económica o políticamente de un conflicto de esa clase.

Y en todo el mundo funciona exactamente de la misma manera, porque el hombre blanco fue el principal invasor. El argentino que trata al mapuche de terrorista no es diferente del norteamericano que mira con miedo como su suburbio blanco impoluto de repente tiene negros y latinos, y sale corriendo a votar a Trump o al europeo occidental que quiere expulsar a los exiliados sirios, o africanos.

Estos personajes ficticios pueden ser adultos y trasladar sus miedos a sus hijos, como también pueden ser directamente los hijos adolescentes haciendo propio un miedo que de inmediato se transforma en fobia, odio y radicalización.

La mayoría de las veces no es algo más grave que el bullying online (que es algo peligroso, pero no tanto como una bala de 9mm yendo bien rápido), gracias a que el resto del mundo no es tan demente como EEUU para tener una segunda enmienda tan anárquica. Sin embargo, también suele ser el disparador. Cuando es así, se arma el caldo de cultivo propicio para que dos muchachos hagan una masacre. Como generalmente son adolescentes blancos, en vez de tratarlos de nazis, los tratan de depresivos (¿son excluyentes?).

Separando causas de consecuencias

La discusión sobre si el mundo se radicaliza es pueril. Lo que es evidente ahora es la grieta que siempre existió. La disponibilidad casi universal de internet y de redes sociales refuerzan con claridad la posibilidad del hombre de opinar (y la necesidad que tiene de hacerlo). El discurso político, la ideología, el extremismo que provienen de la capitalización ajena del miedo de terceros, se entremezclan con la vida social diaria de jóvenes en edad formativa que no entienden en toda su extensión de límites, responsabilidades, culpas o consecuencias.

Muchachos de menos de 20 años que terminan siendo fascistas y violentos porque objetivamente les han promovido con intensidad la, para nada novedosa, concepción de que su estilo de vida está en peligro porque ya no es exactamente como era. La guerra que llevó Trump contra Tencent es un buen ejemplo de ello aunque en una escala enorme. Sin embargo, no es distinto al pibe de 15 años que denigra a una chica adolescente como “fake gamer girl”. “No correspondes a este espacio. No te gusta lo mismo que a mi. Venis por otra razón.”.

Mientras tanto: culpando a los videojuegos, a las películas, y a las historietas de las masacres, el colectivo de adultos blancos religiosos reprimidos que votan a quienes introducen de forma subrepticia esas nefastas ideas. Porque Eric Harris y Dylan Krebold eran gamers y diseñaban mods de Doom.

Y cada vez que ocurre un school shooting, lo primero que revisan del asesino es su biblioteca de Steam, Netflix y Spotify en vez de revisar PORQUE juega a lo que juega, mira lo que mira y escucha lo que escucha y si puede llegar a haber alguna conexión. 

Alguien ya habrá planteado antes esto, pero si quieren eliminar un producto cultural violento, agresivo, e irreal, podrían ir empezando por la Biblia.

La radicalización de la derecha gamer se combate de la misma manera que la radicalización de la derecha no gamer. Identificando el discurso, quien lo promueve y con qué intereses. Del otro lado del charco agitan la insulsa y risible bandera del “Marxismo cultural” y la “corrección política” para señalar como un tímido progresismo totalmente capitalista se entromete con sus hobbies reclamando algo minúsculo como la representación de otras etnias o géneros.

Y digo que es algo minúsculo no porque no importe, sino porque no debería ni siquiera reclamarse. Tendría que ser algo evidente. Décadas y décadas de lucha de colectivos oprimidos (colectivos reclamando por lo colectivo) para conseguir algo que inmediatamente genera una reacción que no tiene en absoluto fundamento o lógica, dos conceptos que en el supuesto enarbolan.

Salvo que claro, hagamos un uroboros con lo dicho hace varios párrafos y lleguemos a la cuestión de que para alguien así de alienado, configura una invasión cualquier movimiento hacia lo concebido como propio.

Erik Harris y Dylan Krebold son solo dos nombres de una lista abundante de jóvenes hombres blancos que se “radicalizaron” e hicieron una masacre. Que fueran gamers no es tan importante a la ecuación porque, insisto, se está visualizando de forma perversa poniendo la carga de la culpa en el hobby, a sabiendas de que las mentes creativas detrás de ese hobby siempre pusieron a un mismo tipo de humano como referente. 

El hombre blanco temiendo y reaccionando por algo que ni siquiera le pertenece es el hecho común a casi cualquier perturbación infame de la humanidad.

Es obligación del resto pararles los pies.

Cierra Juan:

“De mas grande se me ocurrió buscar en Facebook a varios de mis ex compañeros de secundaria. Perdí el contacto porque me fui a vivir a Jujuy por trabajo. De los chicos con los que jugaba Magic en el patio me acordaba el nombre de dos. A uno no lo encontré. A otro sí.

Era un pibe callado y no nos llevábamos mal pero siempre tuve la sensación de que era así porque el flaquito no se animaba a insultarme como lo hacían otros. Siempre me voy a acordar, usaba casi siempre un mazo negro. Le mandé solicitud de amistad y no la contestó. De foto de portada tenía una bandera libertaria con esa serpiente de mierda de fondo. No me sorprendió mucho.”


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La ilustración de portada por Maru Mendez

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